Granja de Torrehermosa

De Vozdemitierra

  • Vocabulario granjeño elaborado por Antonio Fernández Bozano

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Tabla de contenidos

Gentilicio

Granjeños/as


A

abajo: abahu.
Me vi´a bajá p´arriba qu´eh asina como ar revés der to.
abejaruco: beharuco.
Htaba l´aberharuco jaciendo er nío n´el arbo.
ablandar: ablandiá.
Te vi´ablandá la caeza d´un pamporro que yo t´endiñe.
abobado: abobao, turulato.
Er tio este se cre que yo toy turulato polque le digo que sí.
aborrecer: aborrecel.
Los pajarinoh si loh tocah loh pue aburrecel la madre, éjaloh tranquilinoh en er nío.
abrazadera: brazaera.
Le poní una brazaera a l´arao pa que no le se saliera l´argolla.
abrevadero: abrevaero.
Eh er lugá onde van a bebé lah behtiah cuando tienen se.
abrigar: abrigal.
M´abrigué to lo que púe pol la rahca que corría por toh laoh.
abrillantar: bruñí.
Andé to er rato bruñendo loh cacharrinoh de metá q´había en la chimenea.
abuchear: ahuchear, huchear; ahuyentá con voceh a cualquiera presona o animá.
Stábmoh tan enritaoh que lo ajucheamoh pa que se juera.
abundancia: galafatá.
Había una galafatá de gente que no se cabía en la praza de cómo´htaba.
aburrido: rancio, aburrío, soso (aplicao a presonah).
¡Chacho, no e vihto presona mah rancia que tú.
acebuche: acejuche, acehúche. Olivo sirvehtre.
Me jice una vara de acejuche pa dale en loh morroh a la perrilla.
aceitera: acitera. Utensilio pa poné l´aceite.
Se m´erramó toa l´acitera en el manté limpio.
aceituna: acituna.
acertar: atinal. En sentío d´acertá en un blanco.
Atiné a dale en to loh cuenno con la jonda ar torillo.
acertijo: acertahón. Adivinanza que s´ha d´adiviná entre loh zagaleh.
ácido: boto; aplicao a loh dienteh cuando comeh argo agrio.
Le di un muerdo al limón y me se quearon loh dienteh botoh.
acobardarse: acagazalse, achantalse.
S´acagazó na mah que me vio y achantó la boquina.
acostarse: ehpanzurrarse. Acohtarse panz´arriba.
Htaba tan cansao que cuando llegué m´ehpanzurré en lo arto la cama.
acostumbrarse: empicarse. Acohtumbralse a jacé arguna cosa pa sacá provecho.
Er gato htaba empicao er bicho a subise en er poyete de la cocina pa bebese la leche.
acurrucado: arrutao. Encolvao der to de mieo, cansancio.
Se queó arrutao er probe de la cansina de to er día bregando con el jocino nel sembrao.
adelantar: alantal. Di un poco mah deprisa pa llegá andenante a argún sitio.
Po yo lo vide q´iba alante y aligeré er paso pa ponelme a su vera.
adelante: alante, palante.
adivinanza: acertajón. Veriguá arguna cosa un poco enrevesá normalmente en rima.
Doh cajitah de sinrazón s´abren y se cierran y no meten son (lah pehtañah).
adonde: aonde, onde. Advelvio de lugá.
No se a onde vamoh a di a pará com´ehto siga asina.
adorno: requilorio. Adolno supelfluo que no silve pa na.
Iba con toh loh requilorioh que paecía qu´era carnavá.
adular: jacé papeleh, endurzá l´oído a quien escucha.
Quería sacal.le un chorizo de la matanza y le jacía to loh papeleh der mundo de lo rico q´eran.
afeitado: afitao. Rasuralse la balba en la balbería o uno mehmo.
afilador: l´afilaó. Presona q´afila loh cuchilloh y l´ah tijerah con l´amolaora.
L´afilaó m´afiló er cuchillo y me cohtó un reá la broma.
afirmarse en un sitio: apoyancarse.
afligido: ahinao. Con mucha anguhtia po arguna cuehtión.
Htaba l´hombre ahinao pol no podé pagá la deuda y er poco trebajo que tenía.
agarrar: apergozá. Agarrá argún animá pol pehcuezo.
Er bicho no s´ehtaba quieto y lo apergocé pol pehcuezo.
agobiado: arrenagao, rengao.
agonía: relsolgaero. Rehpirá trabajosamente, resollá.
Empezó a resolgá el probe y a loh pocoh minutoh se murió.
agostarse: revenirse. Perdelse la cosecha por excesivo caló.
Lah calinah que´l tiempo trajo jizo revenilse´l trigo.
agua: bochinchi (sorbo d´agua);enguachinal (aguá en esceso).
aguadera: aguaera, angarilla onde se llevan loh pucheroh y botijoh de barro rojo.
L´alfarero de Salvatierra trujo una recua de burrinoh con cántaroh de su puebro.
aguantarse: chincharse. Conformalse a pesá de no´htá d´acuerdo.
Po te chinchah si t´hemoh dejao sin comía, ber venío andenanteh.
aguarse: empancinarse. Empachalse de bebé agua.
To´r día segando y cuando llegué a mi casa cogí er botijo y lo dejé sequito.
aguijón: herrete. Aguijón de l´abeja y de lah obihpah.
Vino un´abeja y me jincó to´l herrete nel párpao de l´ojo.
aguja: abuja. Ehtrumento pa cosé lah muhereh la ropa.
No veo hebrá l´abuja ni mijita.
agujero: abuhero, buhero, bochi, buraco. Hoyo.
Tapé el buhero de la puerta pa que no´ntraran loh gatoh.
ahogadilla: ahogaílla. Metel.le a uno la caeza bajo l´agua.
Cogimoh al Venancio y no noh cansamoh de dal.le ahogaílla en l´alberca de la güerta.
ahora: agora, ora. Al momento.
Agora no eh momento pa palrá de la cuehtión, asina qu´agila pa lante.
ajado: chuchurrío. Lacio.
To´l papé chuchurrío sin podé´nvolvé´l regalo pa la Cipriana.
ajo silvestre: aho porro.
alabanza: alabancia. Darle jabón a arguien.
alba: arba, salía. Cuando sale´r so.
Al arba ya´htamoh gorviendo la parva pa seguí trillando en la era.
alcachofa: alcancil. Alcaucil.
Tenía sembrao toa la paré alante de alcancileh en to su flo.
alcayata: arcayata.
Ebaho el sombraho puse l´arcayata pa corgá el pellejo del conejo.
alejar: hondeal.
alfiler: afilé, alfilé. Piqui pa pinchá l´embutío de la matanza.
Trae pacá el piqui que me s´ha perdío drento de la masa de loh chorizó.
algo: argo.
Dame argo de sal que me s´acabao agora mehmo.
almiar: niar. Paja amontoná.
almohadilla: rodiya. Pa poné en la caeza y llevá argo en quilibrio.
alpargata: pargata.
Merqué unah pargatah con la suela de cáñamo en la feria e Zafra.
alpechín: alperchín. Líquido ohcuro y fétido de lah aceitunah.
alrededor: alreó.
Toh loh zagaleh alreó pa cogé loh confetih der bautizo.
altramuz: tramuz, chocho, chorcho.
Sembré un viaje de chorchoh en la laera de la loma.
amante: querindongo/a.
Aprovechó´l viaje pa llevase la querindonga y refocilase en lah Sevilla.
ambos: damboh. Loh doh, vaya.
Salieron damboh pa´l campo y no gorvieron hahta la noche.
amodorrado: amorrao.
ampolla: borboha. Inflamalse la piel.
Me salieron las borbohah po no di a pol loh guanteh a mi casa.
andar: ahilal.
anochecer: pardear.
anteayer: antié. Trasantié, un poco andenanteh.
Trasantié no pude terminá d´ará polque el temporá d´agua que vino no me dejó.
antes: andinante.
A ve si hoy vieneh andinante y no endihpuéh, chacho.
antipático: sieso.
antorcha: humeón, hachón.
En Navidá loh zagaleh cendemoh loh hachoneh y loh humeoneh p´alumbrá la calle.
apuntalar: apontonar.
Y allí htaba er tío apontonao n´el mohtraó de la tahca.
araña: morgaño.
Toa lah paredeh con suh telarañah y suh morgañoh.
arañar: arruñar.
No dejaba salí ar gato, me se tiró en lo arto y m´arruñó toa la cara.
arista de la espiga: pargaña.
arrebato: ramalazo (de locura).
arrojar: hondeá.
Anda y hondea loh dehperdicioh a l´ehtercolera.
arrugado: engurruñao.
Po se queó engurruñao en la parva de la era pa pasá la pea.
arruinado: arruche.
Me queé arruche n´el bingo Jacobo.
artimaña: martingala.
Ganaron al fúgol po lah martingalah de l´árbitro.
asadura: asaúra, saúra.
así: asina.
aspidistra: pilihtra.
Tengo er patio con unah pilihtrah que da gusto verlah.
astuto: camandulón.
Mira qu´ehte zagá eh camandulón, jace lo que le da gana.
asustado: acagazao.
atontado: atontolinao, turulato.
atragantarse: añugálse.
atravesado: atravesao (persona ruda).
¡Po no que no! Mah atravesao que loh de La Granja de Torrehermosa.
aulaga: abulaga, arbulaga. Planta ehpinosa der campo.
Le quitamoh lah cerdah al guarro de la matanza con una carga d´arbulaga.
aunque: anque.
Anque la mona se vihta de sea, mona se quea.
aventar la mies: balear.
averiguar: veriguar.
Verigua tú lo qu´ha pasao pa que se ejaran d´hablá.
avión: parato.
Un parato voló por to lo arto del cielo hahta que se perdió n´l horizonte.
avispa: ovihpa.
Por allí andan lah ovihpah en buhca l´agua de l´alberca.
avutarda: avetarda.
azada: zacho.
azotar: dar una “tarea”.
Mi padre me pehcó humando y me dio una tarea que entoavía tengo loh moraoh.
azuzar: ahutal (azuzá los perroh).


B

babero: babaté.
bajar: abahar.
Abáhate d´haí que te vah caé y te vah a da un calamochazo que t´avíah.
bautizar: acrihtianá.
bayeta: argocifa, algocifa.
Tengo lah rodillah jecha porvo de tanto argocifá.
bebido: ahumao, jateao.
bieldo: biergo. Ihtrumento de labranza pa hondeá la paha.
blanquear: halbegar, enhalbegar.
Pa la Feria quié l´arcalde qu´enhalbeguemoh la fachá de lah casah.
bobo: pahiluso.
bochorno: calina.
Me fui a la era con toa la calina de lah treh del meyodía.
boda: boa.
bofetada: gofetá, chufla, gayúa, guantá.
Como no t´ehteh quieto te vo a da una gofetá que te va´nterá.
boquera: chiharrera.
Loh paharinoh entoavía tenían lah chiharrerah en la boca.
borrachera: turda, pea.
borracho: hateao, achihpao, ahumao.
botijo: piche, barril, ehpiche, piporro.
brasa; borraho.
M´asé unah bellotah n´el borraho´l brasero.
broma: groma, chángala mandrágala. Dar maculillo eh apañá a uno po loh pieh y loh brazoh pa dale gorpeh contra la paré en er culo.
Éjate de gromah que no´htá l´horno pa boyoh.
bruño: gruño.
buñuelo: biñuelo, jeringo.
Qué güenoh´taban loh jeringoh de la Esaltación endihpueh de la misa d´arba.
burro famélico: penco.
buscar: gaiteal.


C

cabestro cabresto; la tía tiene mal cabrestear, la via tené q´amaneá
cabeza caeza;me duele la caeza del calamochazo que m´han dao
cabezón morral; ¡niño,eres un morral!
cadera caera; voy rengao de la caera de llevá el cántaro al cuadril
caída guarrazo; m´endilgó un pujón que no púe evitá el guarrazo
calcomanía calcamonía; po no me sale na de la calcamonía,tú
calor caldas;venía hecho un behíno con las caldas q´he pasao
calores cardas; me dieron unas cardas que pa qué
cambiarse muarse; se muo la ropa interió poque ya se queaba de pie sola
caminar ahilal; anda y ahíla palante que te via dá con er mocho de la biyarda
cancela angarilla; ¡cierra l´ angarilla que s´escapa la cochiiiinaaaaaa!
caprichoso perrengoso; el mu perrengoso no paraba de llorá
carcoma corcoma; suena una corcoma en el chinero
carlanca carranca,calranca; te viá pone una calranca como al perro,chacha
casi cuasi; cuasi na lo del ojo y lo llevaba en la mano
casualidad casoliá; ni por casoliá aciertas
censurar ahurrear; m´ahurrearon en el carnaval
cerradura fechaúra;fecha el portalón que no entrin ladrones
chocolate po eso; dame una hícara de chocolate
ciencia cencia; tenía er tío más cencia q´Unamuno
cigüeña cibueña; las cibueñas tienen er nido en la torre
cocido cocío; mi cuñá m´hace un cocío de garbanzos pa chuparse los deos
coger apergoyal; m´apergoyó pol pescuezo y saqué media vara lengua
coger apañal; arrepañal; m´apañó to los bolindres
colmo la caraba; eres la caraba de tonto
conciencia concencia; no tiés ni pizca de concencia
convencer engatusar; m´engatusó con una perra gorda
criatura creatura; no seas creatura n´infantil
cucaracha cucurubacha; toíta la casa llena de cucurubachas
curioso escusao; más escusao q´un sordo


CH

charlar: palral.
chocolate: hícara.
chorro: chipitón (chorro de leche que sale del pecho de una mujé al da de mamá ar niño).
chupar: chuperreteal, lambé, lambuceá.
churruscar: churrumahcá.
Apañamo´l cochino y lo churrumahcamoh con lah arbulagah que trahimoh de la sierra.


D

dar de sí: cundí.
M´ha cundío mucho el día al levantarme tan trempano.
debilitado: transío.
Me queé transío cuando terminé de subí loh cóhtale ar doblao.
dehesa: hesa.
Con to´r pelo de la hesa htaba er zagá.
demente: chirichi, ahilao.
Tú ehtáh chirichi al cunfundí lah churrah con lah merinah.
dentista: dientihta.
deprisa: depriesa.
desaliñado: ehgalichao, ehgalazao.
Vino to ehgalazao de la feria del puebro.
desbaratar: faratá, defaratá.
Te via defaratá la cara d´un guantazo, so calabazo.
descalabrar: ehcalabrá.
descuidado en vestir: farragua.
desde: dende.
desgraciado: pelana,
deshacer: defaratá, ehfaratá.
deshecho: dehcuaharingao.
deslizar: refalá, ehliciá.
Pegué un refalón que me queé ehcarranchao en toa la praza.
desmoronarse: ehboronarse.
despeinar: dehpeluhal, ehpeluhal, dehpelucal.
Tanto aire que llegué to dehpeluhao a casa de la novia.
despertar: regullir.
después: endihpuéh, aluego.
destripar: ehpanzurrá.
desvergonzado: poca lacha.
¡Qué poca lacha tiene´l zagá ehte!
diarrea: cagalera, caguetilla.
difícil: enrevesinao.
difunto: defunto.
disgusto: tártago, cardeo.
¡Qué tártago me dio´l cochino p´apañarlo!
donde: onde.


E

ejido: lehío.
En el lehío ponían toah lah erah del puebro.
electricidad: letriciá.
elegante: arrihcao.
Zagá mah arrihcao qu´ehte habrá poquinoh.
enfadarse: enforruhcarse.
embolia: ambolia.
hemiplejía: aire.
Al probe le dio un aire que l´ehpichó ar día siguiente.
empapado: enguachinao.
empujar: arrempuhá.
Hey, sin arrempuhá, chacho.
empujón: arremetía, bencihón.
encalar: enhalbegá, halbegá.
encogerse: arrutarse.
encogido: arrutao.
Htaba arrutao der suhto pa´llí en un rincón.
endilgar: endiñá, endilga.
ensaladilla: cohondongo (ensalá de tomateh, pimientoh y pepinoh); hilimohe.
enseguida: deseguía.
ensimismado: clisao
ensuciar: loar.
Vino to loao de loh joyoh de dal.le cachiporrazoh a lah ranah. Un saco truho.
equivocarse: marral.la.
escalofrío: repeluco.
escaparse: ehcurrilse.
escocedura: ehcoceúra.
Ehtrené unoh zapatoh pa la feria y m´han jecho una ehcoceúra n´l zancaho.
esconde: escuende.
No me guhta que t´ehcuendah p´asuhtarme, contri.
escritura irregular: garrapato.
escucha: cucha.
Cucha, nene, no te solivianteh qu´ereh mu chiquenino pa levantarme la vo.
escupitajo: ehcupitiña.
escurridura: ehcurriaha.
esparadrapo: ehparatrapo.
No te callah ni con un ehparatrapo en la boca, joío.
espolvorear: ehpurrial.
esputo: pollo.
estallar: ehtrumpil.
Me s´ehtrumpió el globo que traía pa´l zagá.
estirarse: emperinalse.
estómago de cerdo: bandul.
estrompicio: ehgalazo.
eucalipto: ocalihto.
To loh viehoh se ponen ebaho loh ocalihtoh pa´htá en la sombra.
exagerar: desageral.
explotar: ehtrumpil.
Extremadura: Extremaúra.
extremeño: cahtúo/a, bellotero, harote.

F

faltriquera: faldiquera.
fantasma: pantaruha.
farfullar: atorrullarse.
M´atorrullé cuando me declaré a la muchacha de la Juana.
fatigarse: matahogazo.
fechoría: farracatúa.
No me jagah nenguna farracatúa que t´atizo con el mocho la biyarda.
fiesta: disanto.
fila: carrefila, rehilera.
formal: hormal.
frijol: frihón.
Con loh frihoneh na máh que me tiro peoh.
fritada: fritolá.
frotar: ehtragal, rehtregal.
fuego: huego.
fuerte: fornúo.

G

gallina: lo mehmo, pero habá con plumah brancah y griseh.
garbanzo: gabrieleh, cocoh.
gargajo: galipo, pollo, lapo, pabo.
garrapata: rezno.
Cuando fui a l´Almoraúhe, la perra vino toa loá de reznoh.
glande: cahcabullo (de la bellota).
golfo: perigallo.
golosear: lambuceal, golimbeal.
golpe: mochazo.
gorrión: gorriato.
Loh gorriatoh me se comieron toah lah lechugah.
gracia: desaborío ( sin gracia, soso).
guapo: arrihcao.
grano de uva: bago.
guisante: arbilla.

H

habilidoso: apañao.
Ehte muchacho eh apañao pa to.
hablador: lenguarón.
hablar: palrar.
hacha: jacha.
hallar: jallá.
Me hallé cinco pavoh y me lo gahté en vino. ¡Qué pea m´apañé!
hartarse: empipalse.
Me tengo qu´empipá contigo porqu´ereh mu enrevesinao.
hartazgo: hartá.
Noh dimoh una hartá de lechón que entoavía lo tengo n´el gañote.
hasta: hahta.
hedor: heó.
Cogí una bubilla y qué heó tenía.
helada: pelona, pelúa.
herida: chinfarrá; pitera (en la caeza).
herniado: quebrao.
Ehtaba el tío quebrao y tenía un güevo máh grande qu´otro.
herradura: herraúra.
hielo: gielo.
hierba de sembrado: ballihco, corregüela, corrigüela.
La sementera no viene na güena ogaño, hay mucho ballihco.
higo: jigo.
hilera: carrefila.
En la proseción del Santo Entierro vamoh toh en carrefila mu peripuehtoh.
hilván: hirván.
hombre poco trabajador: pendingón.
hinojo: cinoho.
La carretera del Campillo ehtá llena de cinoho por toa la cuneta.
hongo: hongo/na (presona tranquila).
horcajadas(a): a pernacahón, ehcarranchao.
horizonte: orilla.
La orilla se ehtá poniendo ohcura pa llové.
hormiga: hormiga halona (con alah).
Cogí hormigah halonah pa poné ballehta de páharoh.
hosco (ponerse): amuelase, amorralse.
huella: huéyega.
Ehtán marcáh lah huéyegah de carro en toa la verea.
huérfano: güérfano.
huero: güero.
huésped: güespe.
hueso: güeso.
huevo: güevo.
huir: ahuí.
¡A hui, que vienen loh mozoh!
humo: zorrera.

I

iglesia: elesia, ilesia.
Tocan lah campanah de la elesia pa misa d´arba.
incisivos: paletah.
incubar: empollá.
inestable: tenguerengui.
Ehtaba el taburete en tenguerengui y me di una cohtalá que cuasi m´ehlomo.
insignificante: Cucufate.
Velaí el Cucufate ehte que no levanta un palmo del suelo.
insípido: esaborío.
instante(al): en el inti, inte.
interjección: coile, contri, corcio.
intransitable: andurrial.
invitar: envitá.
inyección: indición.
Vino el praticante pa ponerme la indición pa´l rehfriao.
ir: ahilá, dir.
irritación: enritación.

J

jabalí: habalín.
Me se metió un jabalín en la enramá y se comió toah lah gallinah q´había.
jamás: enhamáh.
judías pintas: carillah.
juego: la biyarda, catre, uso, gua, duble, piso (rayuela); santoh(juego con cartoneh de cerilloh).
jugo: zugo.
L´abrí un buhero a la naranja y encomencé a zugar com´un dehcosío.
junco: lo mehmo, pero juncia con carah.
juntar: arrehuntá.


L

labrador: labraó.
lacio: chuchurrío.
ladear: dalear.
Con la pea que traía venía daleándose d´un lao pa otroy se morró contri la paré.
lamer: lambé, lambuceal.
lanzar: hondeal.
lavar: ehcamondar.
Ehcamóndate lah orehah que no te lavah dende que te parieron.
legaña: lagaña.
leño: arrimón (leño gordo en una candela).
liado: enrevesinao.
libélula: caballito del diablo.
lío: ehtrevejil, rebuho.
Cuerga la ropa que la tieh jecha un rebuho toa liá.
llanto: berre, llantina.
llorón: himplón, perrengoso.
lluvia: ramalazo cuando viene de gorpe.
Me cayó un ramalazo d´agua que vine jecho una sopa.
loco: repiao.
locura: vena, ramalazo, avenatao.
luego: aluego, endispué, dispué.LL

llanto berre; himplar; ¡no himples tanto,niño!
lluvia tamién,pero ramalazo cuando viene de gorpe
loco repiao;¡ no ta repiao el tío ni na!
luego aluego,endispués,dispués. Aluego o endispués te lo digo


M

Madrid: Madrí.
malgastar: dehperruchá.
manchar: loá.
manía: tirria.
mantis religiosa: teresita.
¡Mira! Una teresita n´ lo arto la cama.
masticar: ñahcar.
Ñahca, ñahca loh güesoh que veráh como te queah sin lah paletah d´alante
matarife: matachín.
maullar: miar.
mechero: po iguá, ¿me da uhté yehca?
medicina: bibihtrajo, bilihtrajo, medecina.
mediodía: meyodía.
membrillo: zamboa, gamboa.
mendigo: pedió.
menester: mehter.
¡Eh mehter mehter ehtá boyao pa jacé lo que jaceh tú!
mientras: mientrih.
mierda: mielda, cagaluta de cabra o de cabro o d´ovejo o d´oveja.
milano: bilano.
mismo: mehmo.
Lo mehmo que te endirgo una cosa te endirgo la otra.
moradura: negral.
morir: ehpichar, cahcarla, doblar el gorro.
muchacho: zagá, chacho.
mujer poco trabajadora: pendingona.
murciélago: murcílago.
muslos: cachah.

N

nada(sin): arruche; na.
nadie: naide.
nausea: ansia.
Dehpuéh de zamparnoh el borrego me daron unah ansiah que pa qué.
nidal: nial.
nido: nío.
N´l nío de loh paharinoh había cuatro güeboh güeroh.
nudo: núo.
Jaz bien el núo a la soga pa que no te se cuergue el cubo n´l pozo.

O

odio: tirria.
olivo: acibuche.
osario: carnal.
To´l carnal tupío de caraverah, cohtillareh, femureh, de toh güesoh había.
oxidado: osidao, rumbroso.


P

paciencia: pacencia.
Con una miaha de pacencia to s´arregla.
paja amontonada: niar.
paleta: badila.
paliza: túrdiga.
Le di una túrdiga que no se tenía´n pie.
palo: mocho (pa jugá a la biyarda); pontón (pa sujetá er techo).
pamplina: hangá.
No digah hangáh, eso te pasa por sieso.
panadero: panaero.
parálisis: paralih.
parihuela: ehparigüela.
Lo portaron en lah ehparigüelah dereito a l´hohpitá.
pedazo: peazo.
pedo; bufo, peo.
Me tiré un bufo y to er mundo se largó pa huera.
pelo rubio: cano.
pene: cuca, picha.
Noh sacamoh la picha pa ve quién apuntaba máh leho la chorrá.
peonza: repión.
M´endiñó un puazo al repión que me lo partió´n doh.
pepita: peba.
perder en el juego: perruche, ehperruchao, ehpeluchao.
pereza: garbana.
persona tiesa: picho.
pesado: cansino, matraca.
pésame: cabezá.
picadura: herretazo ( de obihpa, de abeja, de alacrán).
peseta: lúa, rubia.
El arradio que merqué me cohtó mil lúah.
pierna: pielna, canilla.
piedra pequeña: chinato.
pifia: picia.
pillar: entallar.
Si t´entallo t´avío, so pelao.
piojoso: gafao.
pirindola: repiola.
pobre: probe.
poco: miaja.
polvo: polvaera.
Se levantó una polvaera que no se vían treh en un burro.
porrazo: calamochazo (gorpe en la caeza).
posada: posá.
procesión: proseción.
Toh a proseción de la vigen de loh Doloreh, venga.
prostituta: furraca, furriaca.
Había una furriaca por allí en carretera de la ehtación.
pues: poh.
puntillas(de): emperinalse, emperinao.
puñado: embozá.
M´echó una embozá d´harina en toh loh morroh.

Q

quedar: queá.
quijada: quihá.
Me se partió la quihá de risa.
quincallero: quinquillero.
quitar: arrepañar, repañar.
quizas: quiciáh.


R

rabioso: rabiñoso.
rasguño: sollaúra
rastrojar: rahtrohear.
Po me puse a ehpigá y trahtroheá por to loh andurrialeh que m´encontré.
rechinar: chilriá.
¡Como chilrían lah rueah del trillo con toa la solana en lo arto!
regaliz: palohtrato.
Yo iba a ca Argimiro a por una gorda de palohtrato.
reírse: ahcanchase de risa, ehcancharse.
M´ehcanchaba de risa con el bartolo de la feria.
relámpago: culebrilla.
Hubo una tormenta de parato léctrico que paecían culebrillas enrabietáh.
resbaladizo: refaloso.
resbalar: liciar, ehliciarse, refalar.
resfriado: amormao, amuermao.
riña: chahcarina.
residuo: ehcurriaja.
resollar: resolgar.
riña: chahcarina.
rojo por el calor: behino.
Ehtaba com´un behino del sofoco que traía montao n´l burro con to´l sol.
romería: gira.
ropa(con poca): en garbito.
rudo: garrulo.S

saltamontes langosto.¡Cómo sartaban!
sin importacia chuminá; eja de jacé chuminás que no está el jorno pa boyos
sin nada perruche; me quedé perruche en la feria
sofocón tártago; le di un tártago a mi madre y se puso mala d´enritación
sol candilá; estas candilás son pa llové
soso pahiluso; mira el pahiluso este,mosquita muerta

T

tabaco: mataquinto.
tabla de lavar: batiero.
El batiero del cucharro ehtá gahtao de tanto lavoteá.
taburete de corcho: taho.
tacaño: garruño.
también: tamién.
Tamién tieh tú delito de vení en garbito con la helá que cae.
tartamudo: tartaja.
temprano: ahína.
tenazas: ehtenazah.
¡Te via´rancá lah orehah con lah ehtenazah.!
toalla: toballa, toballa.
todavía: entoavía, toavía.
¿Entoavía no t´hah escamondao d´arriba abaho?
todo: to.
tontería: hangá.
Eso qu´ehtáh diciendo eh una hangá mu gorda.
tonto: ahilao, boyao, abilortao, bilorto, chirichi.
torrija: rebaná.
torta redonda: bolluela.
trabajar: echá un rebezo.
tractor: trahtó.
traer: truhir.
¿Truhihte loh meloneh del güerto?
trajinar de un lado a otro: navegar.
To el día navegando d´un lao pa otro con la piara.
tramposo: ralera, raleroso.
No juego contigo porqu´ereh un ralera y siempre quiéh gana tú.
tranquilo: hongo, hongona.
trasero: buyati.
El buyati que tiene la tía no cabe drento de la praza de toroh de Barcarrota.
trastos: alchiperreh.
trébedes: ehtrébedeh.
treta: maturranga.
A ve si hoy no me haceh nenguna maturranga pa que yo m´encabrite..


U

umbral: lumbral.
unir: arrehuntal.
S´arrehuntaron loh doh viudoh y menúo hurreo que se llevaron.


V

vaso de cuerno: liara.
vaguear: galvana.
vencejo: venceho, avión.
vergüenza: lacha.
Tieneh menoh lacha q´un perro en la calle.
verter: ehparramar.
vestido(mal): dehgalazao.
vidriado: albedriao.
vísceras: asaúrah.
visión corta: cegaluto.
vivir maritalmente: arrebuhao, arrebuharse.
voltereta: suerte.
volver: golver.
No güervah a levantarme la farda si no quiereh que t´endiñe un sopapo, so marusón.
vomitar: gomitar, gómito.
voz para asustar al gato: sape.
¡Sape, sape, que te mato!
vuelta: vuerta, güelta.
¡Vete a da una güerta pol parque, que me tieneh hahta el moño!

Z

zurdo: chovo.
L´endiñé con la chova un guantazo que entoavía s´acuerda.

zurita S´ACABÓ; me paece q´es una paloma


Textos dialectales

INVIERNO

Invielno de soledades
aonde la bruma y el aire
te ejan el cuelpo yerto
y al raso prendía l´alma.
Se mira la luna n´el charco,
opaco espejo de yelo,
queando en él pirsionera,
jelá su lú en celo.
Tierra parda q´al relente
de la nochi han prendío
blancas canas al sembrao,
jelándole la savia
en claro cristal vencío.


NORIA

El viejo burro, uncío a duro leño,
en círculos sin fin, vendaos los ojo,
arranca en jondoná, con empeño
agua, jarreao a lo lejos pol dueño,
cediendo en paso prieto a sus enojos.
Chirría suave el eje de la ruea
engrasao con sebo l´engranaje
q´evite en la frición que el roce puea
criá cardenillo, cual monea,
dende una a otra mano n´pasaje.
Asuena el trinquete en la ruea dentá,
y uno detrás d´otro, los cangilones
rezuman y chorrean en cascá,
gorviendo a la fuente sonoras canciones.
Caño d´agua clara, cordón de plata,
dimana a bolbotones de l´entraña.
Pol acequias, canales se desata
enguachinando roja tierra que baña
moro fruto de zarzales,
tielnos berros de regachos
aonde volandean los pardales,
sartarines, sin moaleh,
de verdi y agua borrachos.


EL ABUELO

A orilla der Zúja, flo de romero,
labra l´abuelo con tesón la tierra
en profundos zurcos, derecho y friero,
marchando a paso filme en terca guerra.
Verdi campiña con margen d´albero
malca l´amelga en el trozo q´encierra
la mies q´un día cernirá el molinero
y maquilará el pan de la jambre q´aferra.
Güerve virí sobre yegua lazana
endispués de pisá yerbas y terrones,
sufriendo bravo y juerte la solana,
erramando el suol a cangiloneh,
botas de cuero, pantalón de pana,
escupiendo a inclemencias y traiciones.

Literatura popular

LA ESCUELA

In memoriam: A mi padre,Juan F. Fito, a D. Manuel Santiago, maestro de maestros,a D. Antonio Tena, y a todos los maestros de Granja que supieron y saben transmitir su sabiduría a multitud de escolares.

Mis primeras letras las aprendí de mi padre. Impartía enseñanza en una escuela unitaria situada frente a Correos, en Santa Marta de los Barros. Era una especie de habitación amplia con una puerta a la entrada, de color gris, y un ventanal estrecho, acristalado por encima de la puerta, por donde entraba la luz del sol a media mañana. Un subido peldaño daba acceso al aula.

El mobiliario formado por unos pupitres dobles, desbarnizados, rayados, manchados en su superficie por chorreones de distintos tonos, daban paso a un cuadro surrealista del más clásico estilo Miró. Cada pupitre tenía dos agujeritos, donde reposaban los tinteros de pesado plomo, uno para cada uno, como dos chisteras embebidas que esperasen la mano de un prestidigitador encantado. En un lateral, adosado a la pared, un armario o vitrina de dos puertas acristaladas en la parte superior y dos puertas macizas, opacas, en la inferior, donde el maestro guardaba el poco material fungible y no fungible que había. Entre ellos, una botella de más o menos un litro de capacidad, con un tapón negro de rosca y una inscripción tipográfica que ponía: Tinta PELIKÁN. En esta botella de alquimista, el maestro tintaba el agua con fucsina o anilina azul para llenar los tinteros, en los que siempre secos, a fuerza de mojar las plumillas adosadas a aquellos finos mangos de color lila, en uno de cuyos extremos, forrado por un canuto de hojalata, con una ranura dispuesta al efecto, se anclaba la plumilla. ¡Cuántos borrones, Dios mío, habremos echado en aquellas libretas de dos rayas, primero, y de una raya, cuando ya tenías más arte para escribir!

A tu ladito, no muy lejos, un cartón secante de color rosa - ¿por qué sería siempre rosa y no de otro color? – universo de manchas enteras y de medias palabras que se leían al revés. Si no escurrías la tinta en el borde del tintero, casi seguro, que al empezar a escribir, se te ponía un punto gordo de tinta en la primera letra, y allá tenías que ir absorbiendo con la punta del secante aquella esfera achatada por un polo, si no querías que la tinta te traspasase un par de hojas, con la regañina consiguiente por parte del maestro. Así, que las cuatro puntas del secante estuviesen impregnadas de tinta de tonalidades multicolor del más claro al más oscuro.

Pero para poder escribir a pluma, ¡ qué alegría te daba poder hacerlo !, saltabas y brincabas de gozo, el maestro había de dar su parecer y consentimiento. Por lo cual tú te esmerabas, hacías méritos para que tal sucediera, afianzando el pulso sobre la libreta con ímprobos esfuerzos. Los más enanos utilizábamos una pequeña pizarra individual enmarcada en madera. En uno de los laterales del marco tenía la pizarra un agujero que servía para que, pasando un trozo de cuerda, sujetara al otro extremo un trapo con el que borrar las cuentas y dictados de palotes que escribías. El procedimiento para tal menester era el siguiente: pensabas que comías limón, las glándulas segregaban gran cantidad de saliva, te la preparabas entre los dientes, aspirabas aire para llenar los pulmones, y con todas tus fuerzas, estampabas con rabia el escupitajo sobre la pizarra; agarrabas el trapito, frotabas frenéticamente la superficie , la secabas bien con el otro extremo del trapo, que estaba seco, y aquella pizarra quedaba negra, limpia, reluciente como los chorros del oro, como una patena. ¡Qué gusto volver a coger el pizarrín de punta afilada sobre un adoquín a la hora del recreo y empezar un nuevo trabajo sobre el fondo oscuro de la pizarra!

Había dos clases de pizarrines. Uno, duro, de pizarra gris. Un cilindro más bien irregular de un palmo de largo. El otro, de color blanco, blando, cremoso, como de yeso y totalmente cilíndrico. Estos eran más caros. Pintaban mejor sobre la pizarra y se veía lo escrito con mayor nitidez. Uno y otro, cuando caían al suelo, se partían en mil pedazos – qué coraje te daba cuando se te rompía, con lo bonito que era entero – y de esta forma, pues nada, que tenías muchos más pizarrines, eso sí, más pequeños. Te guardabas en el bolsillo los demás trozos y seguías escribiendo con el cacho que tenía la punta afilada. A la hora del recreo, si no había otra cosa mejor que hacer, te dedicabas a aguzar los distintos trozos para tenerlos dispuestos y no tener que escribir de lado, cambiando de posición el pizarrín a cada palabra o número.

Era signo de buena educación, ya te lo avisaban y tú lo tenías en cuenta, el que te pusieras de pie cuando entraba una persona mayor. En esa posición permanecíamos hasta que el maestro, con un gesto, nos indicaba que nos sentáramos, o bien, hasta que dicha persona se marchaba, si era asunto de poca monta lo que había que tratar. Es que en aquel tiempo éramos muy educaditos y civilizados.

Entonces, los padres, cuando tenían que hablar con el señor maestro para preguntar por su niño, iban sin cita previa ni hora convenida. Aquí te cojo, aquí te mato. Si la mamá del nene, un suponer, venía en aquel momento de la plaza de abasto cargada con dos repollos, un kilo de brevas, tres kilos de papas, media morcilla lustre y una coliflor, al pasar como pasaba frente a la escuela, no era mal momento para preguntarle al señor maestro qué tal va mi niño, a la vez que apostillaba: -Y si hace falta darle una bofetada, señor maestro, désela usted, que este niño es un desmadrado y un desmandado que no hace caso de nadie-. Y terminaba diciendo, más o menos, que las cosas bien pudieron suceder de otra manera: -¿Quiere usted unas pocas brevas, señor maestro?- Ande, tómelas usted, que yo me he comido ahora mismito una y son dulces como la miel. Están de fresquitas, que da gusto comerse una. Tome usted, señor maestro, cómase ésta que está llorando almíbar-.

A todo esto, el señor maestro, disculpaba el ofrecimiento, tan inesperado como inoportuno, argumentando su inapetencia en aquel momento y lo poco apropiado del lugar, para zamparse un par de brevas mientras los niños miraban cómo se las engullía. - Que no, señora, en otro momento más oportuno. Estoy en clase y no me parecería correcto-.

También los maestros eran muy educados y civilizados. Así, que en vista de la negativa del señor maestro a zamparse las brevas en tiempo de trabajo, la señora optó por dejárselas en la mesa sobre una verde hoja de higuera. Los de la clase estábamos en suspense viendo el tira y afloja de la situación. Cuando vimos que la señora hacía ademán de marchar, muy educadamente, nos levantamos y la despedimos con un vaya usted con Dios.

De cuando en cuando nos visitaba la señora Inspectora de Enseñanza. Para entonces, el señor maestro, nos aleccionaba del modo y manera de comportarse en su presencia. Había que estar quietecitos, bien sentados, hablar bajito, no molestar, no decir palabrotas y otros cuantos noes y afirmaciones para la situación. Los mayores vigilaban que todo estuviera en orden. Cuando entraba, puestos en pie, nos sonreía, y con un gesto de la mano, nos hacía sentar. Ella se sentaba en una silla frente al señor maestro y allí hablaban un buen rato de no sé qué asuntos revisando papeles, listas, libretas de los diarios, dibujos y trabajos de los mayores. Después venían el interrogatorio de la señora Inspectora. Era el momento clave. Todo el mundo atento a su pregunta y cuidado con la respuesta. Siempre eran preguntas fáciles, de andar por casa. No se complicaba la vida.

Cuando entré en la escuela, yo era de los más pequeños junto a mi amigo Ignacio. Los grandes tenían ya catorce o quince años. Me fascinaban los dibujos que hacían en aquellos diarios de clase. ¡Qué bien pintaban aquellos mozalbetes, ante mis ojos de renacuajo!

Me sentaba yo en primera fila, en el primer banco, que para eso mi padre mandaba allí, junto a mi amigo Ignacio, cuyo padre trabajaba en el Ayuntamiento y también mandaba. Cada día, a la misma hora, después de atender el señor maestro a uno de los grupos de la clase, nos tocaba leer a los dos. Teníamos cada uno su cartilla de Primera RAYA. Aquélla que empezaba con las vocales en orden y después las ponían tan desordenadas, que era dificilísimo diferenciarlas sin que te dieran un pescozón a cada vocal; aquélla que al llegar a la m , había dibujada una chica joven, de media melena, con el nombre de mamá debajo. "Mi mamá me mima, mi mamá me ama". Más adelante, el papá y la pipa. Por cierto, que el papá tenía poco pelo y la pipa era curvada y no echaba humo. El tití, estamos en la t, era un monito pelado con la cola enrollada en espiral, la mar de "mono" y sonriente, con cara de travieso. Yo estaba a la espectativa, y a una señal del señor maestro, salía disparado hasta su mesa para leer el primero.

Siempre llegaba yo antes a leer, entre otras razones, porque mi asiento estaba más próximo a la mesa del maestro y segunda porque, ya lo he dicho, estaba atento a la indicación. Pero mira tú por donde, que un día, estaría yo en las Batuecas, en Babia, pensando en las musarañas, poniéndole a una mosca un cucurucho de papel de fumar en el culo, o lo que sea, la cuestión es que Ignacio llegó aquel día antes que yo a leer. Era la primera vez que me sucedía esto en dos años. Ello hirió mi orgullo y se me saltaron unos lagrimones como puños. Yo no quería llorar, pero mi padre no pudo por menos que reírse de mi actitud y aquello me hizo estallar en rabia, llorando desconsoladamente.¡ Mierda niño!

Aquel día, las desgracias no vienen nunca solas, no pudimos salir a recreo. Llegó un municipal a la escuela y avisó al maestro de que no saliera nadie, que un perro rabioso andaba suelto por el pueblo.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral cuando el señor maestro nos explicó las consecuencias que sufriríamos en caso de que el perro nos mordiera. Allí dentro estábamos totalmente seguros. Los alumnos mayores en sus pupitres, ajenos a todo lo del perro, ya eran unos sabuesos, pero los más pequeños nos arremolinamos alrededor del maestro, temerosos e inquietos. Mi padre tenía entreabierta la puerta y observaba el exterior. Al poco rato, pasaba el perro por la acera de enfrente con la cabeza gacha y babeando. Lo vi a gatas entre las piernas de mi padre. Por allí marchaba, tranquilo, como si no fuese nada con él, seguido de una pareja de la Guardia Civil a prudente distancia, en espera del momento propicio para dispararle. Cayó a las afueras del pueblo, allá por el pilar.

Al llegar a Granja me sorprendió enormemente la Escuela Graduada, la Escuela Pública, según le llamábamos entonces. Me llamó la atención su enorme estructura, una mole rectangular desnuda de todo ornato, de blancas paredes encaladas a golpe de mirasol atado a una larga caña. Una especie de fábrica insolente, sin estilo. Una fachada lisa de corajuda austeridad, abierta por dos ringlas de ventanales, ofreciendo a la mirada inquisitiva del viandante, la melancolía tenue de un establecimiento fabril. Una breve escalera daba entrada por sendas puertas a la escuela. Niños a un lado, las niñas a otro. Los niños con los niños, las niñas con las niñas, en aquel jaulón de micos.

El primer día de clase, yo, como era nuevo, aún no sabía dónde tenía que ir. El director, D. José Cuenda, me llevó a su despacho de dirección, y me sondeó con varias preguntas para ver mi grado de sabiduría o ignorancia, que esto no lo tengo muy claro. De la única pregunta que me acuerdo era aquella de "qué es un triángulo". Le respondí muy bien que era un polígono de tres lados y que podían ser "más chicos y más grandes" (sic). Cuando me preguntó qué quería decir polígono, ahí me la tragué doblada, no tenía ni la más remota idea de lo que significaba, y me quedé embobado mirando la impertérrita cara de D. José. Viendo mi supina ignorancia, me explicó que poli, mi amiga Poli, significaba muchos, y gono, no tenía ningún amigo que se llamara así, ángulos. O sea, muchos ángulos, cuando en verdad sólo tenía tres.¡ Sí que me lo ponía difícil! Y encima me dijo que era griego. Ya me parecía a mí que algo raro tenía la palabrita para no saber lo que quería decir. Por mi parte , no había visto yo en mi vida a un griego para que me lo hubiera dicho o al menos insinuado. Después me hizo recitar el Credo y la Salve. Esto ya fue mejor. Sin más, me llevó del brazo a la clase de mi padre, le dijo lo que fuera sin soltarme, y salí de nuevo levemente arrastrado, hasta la clase de tercer grado donde, vestido de negro traje, se levantó cortésmente, ante la entrada del director, D. Manuel Quintana. Me presentó al resto de la clase, y mirando de hito en hito, me sentó al lado de Calderón, mi amigo Manolo, al que tratábamos de martirizar llamándole Calderón de la Barca. Ahí es nada, ni se inmutaba el tío. Por allí, en el banco de delante, andaba también Antonio Quintana y Valentín Heras, amigos para siempre. La verdad es que no recuerdo a otros elementos, quiero decir compañeros, de la clase.

Desde el aula, a tiro de bolindre, al otro lado de la carretera de la Estación, pace parsimoniosamente, como si tuviera todo el tiempo para él, en una cerquilla, el caballo de Caramelo, mostrando sus viriles atributos (el caballo), ante la mirada infantil y un tanto maliciosa de los escolares. Al lado , una casita de sencilla rusticidad arquitectónica con un par de ventanucos estrechos y un tejado de viejas tejas descoloridas por las inclemencias del tiempo, donde sobresale enhiesta, una blanca chimenea de negra boca que expele un tenue y claro hilillo de humo que se deshace al leve contacto del aire.

Nos reíamos con el caballo y alguien, no sé quién, soltaba aquella adivinanza que decía:

Grande lo tengo, más lo quisiera, que entre las piernas no me "cabiera". (El caballo)

Repito, el caballo,¿eh? Es la hora del recreo. Plácido, traje de pana marrón, gorra de plato de oficial marinero en un mar de niños, un reloj de bolsillo asido a una gruesa cadena que sobresale del chaleco, abre la puerta de la clase y anuncia la hora del esparcimiento al maestro: "la hora", va avisando por los distintos grados. Los chicos vamos saliendo como sabandijas escaleras abajo. Uno, no sé quién, monta en la sobada barandilla y algún saliente le engancha el pernil del pantalón haciéndole un siete de arriba abajo por donde se le ven las entretelas y parte de los interiores. El director, ojo avizor que estaba, sólo le oí decir "me alegro; para que no vuelvas a hacerlo otra vez". ¡Toma ya, pa que t´enteres! Se cogió el roto pinzándoselo con una mano y fue camino de su casa a un forzoso cambio, un poco a la pata coja y un tanto escorado hacia la derecha debido a tan incómoda posición.

Se llena el patio de una escandalosa algarabía infantil. Unos juegan a "fútgol" con una mediana pelota de goma que arremolina a su alrededor una amalgama abigarrada de escolares a ver quién le da la patada a la enjaulada pelotita entre tanto pie a porfía. Hoy, los muchachos juegan con más sentido posicional. Han visto mucho fútbol por televisión.

Otros juegan al repión. Los que al tirar se quedaban en el círculo, miraban con ojos como platos la afilada punta de los repiones con los que intentaban sacarlo del redondel a puazo limpio.El que más y el que menos ya llevaba uno de repuesto para tales menesteres, so pena de quedar expuesto a que su repión bueno quedara seriamente dañado. Había unos repiones grandísimos, gordísimos, de madera de encina, que para tirarlos, en vez de un cordel, necesitaban más bien una soga y un descomunal brazo para lanzarlos. ¡Qué repión! No recuerdo de quiénes eran, pero había un par de ellos que llamaban la atención. ¡Qué pedazo de tocón con púa, Dios mío, hecha a machamartillo de herrero, a los que dábamos la lata inmisericordemente unos, otros y los demás, con lo de ponerle púas a los repiones!


Si era tiempo de bolindres, se veían por aquí y por acullá verdaderas parvas de niños alrededor de un gua apostando cantidades ingentes de bolas, los que más tenían y menos les importaba perder o ganar, mientras que los más, apostábamos de dos en dos o de cuatro en cuatro como mucho, jugando a la tanga. Si cortabas pares, eras ganador; si impares, ganador el otro.

Otros jugaban al triángulo, juego menos espectacular, pero no exento de estrategia para que no te mataran o no te quedaras dentro del mismo al tratar de sacar algún bolindre que iba derecho a la faltriquera o la bolsita de tela que te había hecho tu madre si lo sacabas del triángulo. Previamente se había tirado a raya para decidir, por la mayor o menor proximidad, quién comenzaba a tirar, una vez realizada la apuesta.

Otros simplemente jugaban al gua, aguardando pacientemente mediante la táctica de proximidad al hoyo, que algún pardillo quedara lo suficientemente al alcance como para darle un sello y mandarlo fuera del juego.Un contrincante menos y sigue la guerra de los bolindres. Pero Plácido vocea desde las escalerillas que ya está bien de juegos, que es la hora de volver al trabajo escolar. Los más reacios, los remoloness, los que se recuelgan en el juego, se ven expuestos a la ira de Plácido, que con una palabra más alta y acompañada de un gesto que no indica la menor duda, sirve para que la caterva remisa de zangandungos salga dando pingos vapuleándose el culo con los talones. En la huida uno se da un guarrazo al trastrabillarse con otro, pero no le da tiempo nada más que a levantarse y seguir la indicación de Plácido, sin mirarse tan siquiera el rasguño de las rodillas y el codo. Despejado el campo, Plácido se sienta tranquilamente en una silla de aneas rotas de tanto amolarse las uñas los gatos, a la sombra de una parra, allá a la puerta de la casita donde vive. Un olorcillo a puchero se expande por el derredor.


Llegamos al aula y D.Manuel Quintana tiene puestas en la pizarra varias multiplicaciones de tres cifras y un problema de ovejas, vacas y un caballo -¿ sería el de Caramelo?- que decía más o menos: Un labrador cambia un rebaño de 120 corderos valorados en 268 pts cada uno, por cuatro vacas,valoradas en 6390 pts cada una, y además un caballo. ¿Cuál es el valor de éste?

Es el caballo de Caramelo, decía el Valentín, al que llamábamos la Rana por su peculiar manera de nadar, riéndose por lo bajito como una jimia:ji,ji,ji, - levantando y bajando rítmicamente los hombros en su hilaridad. Éste también tiene dos colas, una más arriba y otra más abajo, ji,ji.

Los que estábamos a su lado, sonreíamos su oportunismo sin atrevernos a más, pues D. Manuel estaba ya dando golpes en la mesa con la palmeta, en vista del pequeño alboroto.

Salían los dos empatados en cuestión de dinero si el caballo valía 6600 pts, pero a mí me daba la operación 6500 pts, que tampoco estaba mal para un caballo, y aquí me tienes repasando las multiplicaciones y la resta para averiguar dónde estaban las malditas 100 pts que me faltaban.


Los sábados rezábamos el rosario, a pie firme en el pasillo, dirigido en los misterios por D. José el director, hombre de profunda fe y religiosidad donde los haya habido. En mayo, mes de María, nos reunía a todos los escolares en una clase, creo que era la segunda subiendo a la derecha, donde una imagen de la Virgen asentada en su peana adosada a la pared, presidía los cantos y ofrendas de flores que traíamos los niños. El "Venid y vamos todos / con flores a María /con flores a porfía / que madre nuestra es", lo entonaba con una bonita voz de tiple mi amigo José Mari Espinal, y cantábamos a coro los demás. Al llegar al verso de "con flores a porfía" aquello no era cantar, aquello era berrear al unísono un centenar de chiquillos a ver quién voceaba más intensamente, incluidos los desafinos de unos cuantos que tenían el oído uno enfrente del otro. Reconozco que cuando José Mari hacía el solo yo sentía una endiablada envidia, porque modestia aparte, yo cantaba mejor que él. Pero José Mari era un enchufado del director con aquella carita de angelito y de niño bueno que tenía. Sí, he de reconocer que él cantaba mejor que yo por Antonio Molina y Juanito Valderrama, pero en lo demás no. Y como su padre le regalaba un saco de garbanzos cada año al director, pues eso, que siempre cantaba el niño. ¡Qué granuja y qué egoísta el muchacho! Y además siempre le hacía las pelotas al director - perdón, en singular, la pelota - y por eso le dejaba siempre cantar. Un abrazo desde aquí, José Mari.


También cantábamos el "Cara al sol", que mira tú por donde, no sé por qué siempre lo cantábamos de espaldas, bueno, sí sé, era sencillamente porque a esa hora el sol lo teníamos a la espalda. No recuerdo bien si era una vez a la semana o dos. Lo digo por lo de izar y arriar bandera que son dos tiempos distintos. Aquello de "impasible el ademán" no había quién entendiera lo que quería decir y aún más si lo traducías por "imposible el alemán". Lo de imposible ya lo intuías más o menos, pero lo de impasible era ya harina de otro costal, ¿qué querría decir? Ademán, ni por asomo te sonaba el significado. Eso es lo que pasa desde tiempo inmemorial cuando la transmisión es oral, de boca a oído. Se me vienen a las mientes algunos romances que se transcribían más por afinidad sonora y se invertían términos, hasta tal punto, que no los entendía ni la madre que los parió. Ahora recuerdo el término latino "in diebus illis" (en aquellos días, en aquellos tiempos),mal separado por un ignorante que dijo no entender qué significaba el "busilis". Hay busilis cuando suceden acontecimientos imprevistos, misteriosos, mágicos. Gustavo A. Bécquer emplea el término en la leyenda de Maese Pérez, el organista, cuando durante la misa del Gallo suena en el órgano los mismos sonidos que imprimía Maese Pérez cuando vivía:

¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo dije yo? Aquí hay busilis (...) Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira...., aquí hay busilis. En efecto, el busilis, el imposible el alemán, era el alma del Cara al sol.

Salimos por la tarde de la escuela y, al ver pasar un carro cargado de costales, algunos nos recostasmos en la parte trasera, con el consiguiente enfado del conductor, que no estaba dispuesto a llevar una sobrecarga sobre las ya sufridas mulas. Es una tarde espléndida que invita a ir las Pedreras a darle cachiporrazos a las despiertas e inquietas ranas. Allí pasamos un rato. Al atardecer, la plaza se llena del bullicio propio de una chiquillería entretenida en los más diversos juegos. Los aviones chirrían desaforadamente despidiendo las luces del último sol.

Antonio Fernández Bozano

EL REY

Despuntaba el alba con arrobos de azul intenso. Una pareja de burros, con las orejas caídas y la panza peluda, sin lomos, pero con muchas mataduras, uno tras otro caminan cansinos en pos de la jornada de trabajo.

Con la blanca esclerótica como fondo de unos ojos profundamente negros, con traje negro, zapatos de un negro brillante, como un jaspe, calcetines negros, mascota negra, levemente encajada, y camisa también de color negro, camina con paso señorial, a ritmo de soleá, con el sueño aún colgado de las pestañas, el Rey. Un oscuro Velázquez viviente de la raza gitana.

Eso de que en el pueblo viviera el Rey de los Gitanos me llamó la atención desde el primer momento en que lo escuché. No daba crédito a tal habladuría. Nunca había oído nombre tan relumbrón y su presencia majestuosa ya me incitaba a imaginarlo con cetro y corona real. Corona no llevaba, pero sí que de la solapa le colgaba con real aplomo una cadena de oro macizo sujetando un reloj del mismo metal que guardaba en un pequeño bolsillo. Sebastián Márquez, no exento de fabulación, me decía que esa cadena de oro era el símbolo de su realeza gitana. El cetro era su bastón, que debía ser, al menos, de madera noble por lo elegante y fino.

Es notoria la antigua inclinación de los gitanos a traficar con bestias, yendo de mercado en mercado, de rodeo en rodeo, a esquilarlas, venderlas, comprarlas y trocarlas o cambiarlas.

Cervantes, en la novela de La Ilustre Fregona, cuenta la maña de los gitanos para hacer pasar por ligeros los asnos que vendían. Don Lope Asturiano, resuelto a tomar oficio de aguador, queriendo comprar un asno, “ aunque halló muchos, ninguno le satisfizo, puesto que un gitano anduvo solícito por encajalle uno, que más caminaba por el azogue que le había echado en los oídos, que por ligereza suya”.

Hasta tal punto era fama el engañar de los gitanos, que los payos usaban la misma estrategia cuando de comerciar con bestias se trataba. Si no, ahí está como muestra la estratagema utilizada por Ginés de Pasamonte para deshacerse del jumento que le había robado a Sancho: “ como era conocido, por vender el asno, se había puesto en traje de gitano, cuya lengua y otras muchas sabía muy bien hablar como si fueran naturales suyas”.

Ah, ladrón Ginesillo, deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi descanso, deja mi asno, deja mi regalo, huye, puto, auséntate, ladrón y desampara lo que no es tuyo- le gritaba, con todo el coraje de su alma, el pobre Sancho.

En la Gitanilla, Cervantes hace una descripción harto simpática y graciosa de la idiosincrasia gitana: “ Parece - dice Cervantes- que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones, y finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar son en ellos como accidentes inseparables que no se quita sino con la muerte”.

He sacado a colación unos fragmentos de las Novelas Ejemplares y del Quijote, con premeditación. No se piense nadie que tengo la más mínima animadversión hacia esta raza a la que considero digna de mi mayor respeto y consideración. No en vano he tenido por amigos de mi niñez a Manolo y Pepe, hijos del Rey Calé. Esos conceptos acerca de los gitanos se han ido diluyendo en la noche de los tiempos, como cascada de arroyo en el remanso de la ribera entre las brozas de un cañaveral.

Los gorriones, excitados, con las plumas alborotadas por el calor de la tarde, chirrían furiosos a la sombra de los tejados. El sol estremece las aristas y arrecia tanto que parece va a encender el minísculo tizón de las hormigas que cruzan la calle enhiladas con dorados granos de trigo en las maxilas, sobre el polvo de la tierra que hierve. Aúllan los oídos de puro silencio. De pronto, una catarata de música anega la carretera de la estación, llevando el compás con sus golpes trotones sobre el pavimento, la caballería real: caballos, yeguas, mulas y burros a galope por las traseras. Crines al viento en haces de luz policromada. Un perro, con las fauces abiertas, lengüetea el aire empapado de olor de romero.

Manolo y yo íbamos a la misma clase, hacíamos tercero de primaria con D. Mnuel López Quintana. Yo quería hacer amistad con él y no fue difícil a pesar de su alta alcurnia. Para mí, si su padre era el Rey, Manolo tenía que ser un principito o un infante, aunque sólo tuviera ocho años. Desde entonces pienso que los niños por sí mismos no crean barreras sociales; las creamos o marcamos los mayores no sé porqué maldita razón. No olvidaré, Manolo, esa tarde que me dijiste: “Ven, Antonio, que te vas a montar en mi pony” -para mí era un caballo enano- . Me hiciste el niño más feliz de la Tierra. Qué poca cosa y cuánta grandeza vi en aquella invitación. Nunca te manifesté esta ansiedad mía por montarme en tu pequeño caballo, pero tu sensibilidad gitana lo intuyó. Hiciste desbordar en aquel momento tu alma profunda de soleares y fandanguillos. Gracias, Manolo.

Parece ser que los gitanos fueron originarios de Hungría, donde continúan establecidos hoy en día en número considerable, y de donde hubieron de transmigrar y derramarse por toda Europa. Fueron recibidos con poca hospitalidad y eran maltratados en todas partes, ya que la Pragmática de Medina del Campo, al describir sus costumbres, les trata de andar siempre “ pediendo lemosnas, e hurtando, e trafagando, engañando e faciéndovos fechiceros e adevinos e faciendo otras cosas no debidas no honestas”.

Es decir, lo mismo que los payos hacen y han hecho en distintas épocas de la historia. Y si no, leed, por ejemplo, la prensa de estos últimos meses.

Aislada de esta suerte la raza por la persecución y con la complicidad de todos, fue natural que los gitanos, convertidos ya en enemigos de la sociedad en que vivían, huyesen de ocupaciones estables y sedentarias, y prefiriesen otras compatibles con la facilidad de mudar residencia. Motivos muy semejantes habían introducidos a los judíos en la dedicación al ajercicio del comercio, pero los gitanos que eran más pobres y menos cultos, se dedicaron generalmente al tráfico por menor de ganado y bestias.

El Rey de los Gitanos, Juan Antonio, también se dedicó a estos menesteres. Hablaba con parsimonia en sus tratos, con señorío, con casta, sabedor de poderío, pero justo y ecuánime en sus propuestas. Era yo un mocoso y, en el rodeo, le veía sacaar unos fajos enormes de billetes dispuestos para el pago del ganado en trato. Lo hacía sin ostentación, sin lujos, con esa sensación de naturalidad que implica un hecho común y corriente por lo cotidiano.

Los Reyes Católicos, allá por el siglo XV, mandaron que saliesen los gitanos del reino si no tomaban oficio y ocupación permanentes. Carlos V agravó la pena y Felipe II les vetó traficar en las ferias y fuera de ellas si no llevaban testimonio legal de residencia y de que eran dueños de lo que vendían.

Llegaron los tiempos de la mecaninazación del campo y consiguiente disminución de la compreventa de ganado para los menesteres de labranza. El Rey fue asesorado por algún vecino del pueblo para que adquiriera tierras en el término. No lograron convencerle en este sentido. Tuvo miedo de dedicarse al algo totalmente nuevo y desconocido para él; tal vez fue esa ley atávica que imprimió en el subconsciente gitano la norma de Felipe III exigiéndoles a que tomasen sólo los oficios de labranza que eran los que cabalmente más aborrecían.

Carlos III, quizás con una visión más abierta, con una mente más sencilla, desengañado de tantas funestas experiencias, tomó un camino diverso. En lugar de atormentar y destruir a los gitanos, tendió a diluirlos e incorporarlos en la masa general de la población.

Cuando en mis viajes em preguntaba la gente mayor de dónde era, al decir que de La Granja, era raro no escuchar algún comentario a los desmanes cometidos durante la guerra civil y de que allí vivía el Rey de los Gitanos. Esto último me vanagloriaba y yo adoptaba cierta pose de importancia. Granja no ha sido mi cuna, pero ha sido la almohada de mi niñez y juventud.

Ya no veré mas al Rey. La última vez que hablé con él, paseaba por la estación, se le notaban los años, pero continuaba manteniendo la misma prestancia. Rememoró con mis preguntas recónditos rumores que desaparecieron con el viento errante, secretos al aire en la congoja de una saeta, esas cadencias que rayan y abren surcos profundos y ponen rictus de tragedia en las faces gitanas heridas por la pena como una mueca del cante grande.

Antonio .Fdez. Bozano

LA POSÁ DE L’ANTONIA

Las casas de huéspedes recibían el nombre de fonda, posada y mesón cuando pertenecían al vecindario de aldeas y ciudades; el nombre de fonda se reservaba para las hospederías mejor acomodadas y de más distinción, y el de venta, para la que en los despoblados, alejados de los vecindarios, servían de albergue a transeúntes y viajeros. Existían además en las ciudades figones públicos, en los cuales se suministraba el único plato del día, que solía consistir en sopa y un trozo de carne, servido en sencillos comedores privados; se servían estos platos en un cuarto viejo en una mesa larga, en medio de la cual había un cuchillo, sujeto con una larga cadena, para que pudieran utilizarlo los que estaban sentados en los extremos y no pudieran llevárselo;o bien se ponían a la venta, en plena calle, la humeante olla podrida, en grandes calderos de tres patas. Aquí era donde se reunían aquellos allegadizos huéspedes de las más diversas clases sociales, para remojar el pan seco en las escudillas colmadas y dispuestas rápidamente a cualquiera indicación. Los relatos de la época están plagados de las más acerbas quejas contra el estado deplorable de las hospederías españolas en las décadas del Siglo de Oro. Las ventas eran paraderos públicos desmantelados, de un primitivismo oriental. ( “En las carreteras se topa a veces con una casucha de miserable aspecto, provista de una mesa no mal acondicionada, pero en la cual no hay nada de que echar mano. Si alguno toma asiento, aunque sólo sea por aliviarse un poco de las fatigas del camino, tiene que pagar solamente por eso al hospedero, aunque no haya encargado nada de comer o beber, seis maravedíes por la posada y sin recibir palabra de cortesía, ni deferencia” ),-J.W.Neumair, Viaje por Italia y España-.

En la fondas de las ciudades se proporcionaba al huésped cama, sal, aceite y vinagre, pero todo lo demás tenía que procurárselo el viajero por su cuenta y razón.

El mesonero mentiroso y trapisondista pasó a ser un tipo novelesco y su nombre se tomaba en el lenguaje popular como sinónimo de ratero o catabolsas, de ahí el refrán “Nadie sería mesonero si no fuera por el dinero”.

El término de venta tiene su origen, según la etimología popular española, en el hecho de “ vender gato por liebre”, y de ahí se dio en llamar venta al punto donde casi siempre se vendía el asado de gato como si fuera de liebre. El ser ventero o mesonero era profesión poco honrosa o considerada para los españoles de los siglos XVI y XVII, y por eso se relegaba este oficio de ordinario a la actividad de italianos, moriscos y gitanos. El ventero inmortal del Quijote perjuraba en Dios y en su ánima que, a pesar de ser ventero, era un “viejo cristiano rancio”. Gracián, sin hacer distingos ni atenuaciones, denominaba a los venteros, en El Criticón, con los apelativos de “farsantes”, “alcabaleros” y “altra símile canalla”.

Los viajes se hacían, a no ser la gente de palacio y las familias nobles, exclusivamente a caballo o en mulo y resultaba, como puede colegirse, muy incómodo. “Es cosa cómica ver al español pasearse en su macho, la mayor parte de las veces sin daga, ni botas ni espuelas, llevando a las ancas a sus criados, y delante de sí un mundo de maletas, cajas, cofres y sombreros, que impedían en absoluto ver la calle”.

Entre las ciudades de aquel tiempo, tres llevaban la primacía “hotelera” por su tipicidad e importancia: Toledo; Madrid, residencia de la corte y emporio del teatro y Sevilla, la siempre floreciente y juvenil Sevilla, la metrópoli del comercio y circulación mundial, la ciudad dichosa que sentía la alegría de vivir.

Ya sé que cada cuál es muy libre de hacer de su capa un sayo. También entiendo que las circunstancias, a veces, marcan el camino y que, el señuelo de la imponderabilidad, de la modernidad, de la comodidad, del ahorro y una cierta displicencia hacia aquello que es historia y cultura local, han hecho desaparecer elementos tan propios, tan pertinentes a nuestras vidas, a nuestro entorno, que ante la ausencia de los mismos, ha sido como si de una amputación traumática, violenta, se tratara, hiriéndonos en lo profundo de las entrañas ese desgajo que te deja siempre un vacío que perdura a través de los años. Uno de esos elementos que pervive en la memoria colectiva y deambula como un fantasma alrededor de la torre, es la desaparecida posá de l’Antonia.

Enclavada en la que hoy es una doble vivienda - Víctor Alvarado y Juanito Ramírez- en el fondo de la plaza, en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, veíase la posada, parodiando toscamente la rima de Bécquer. Era la posada el arpa que acompañaba con su rasgueo una morisca melodía interpretada en baile por la esbelta silueta de la torre en el marco de un cielo azul.

Era de estilo herreriano, de una combinación académica austera de alineamientos y relieves, con dos ventanas salientes en la fachada, del mismo estilo, si mal no recuerdo. Cerraba la entrada una ancha puerta de cuarterones en una de cuyas hojas se abría un postigo con un tirante de picaporte, postigo siempre abierto o entornado, como un alminar, en el cual se voceaba pidiendo entrada franca. La respuesta a esta petición de entrada era siempre la misma: “Quita el picaporte y dale una patada abajo”. Eso mismo hago yo en mi casa cuando por razón de las lluvias, las puertas se hinchan y quedan encajadas. No hay mejor sistema, es total y absolutamente expeditivo y práctico.Lo normal es que la puerta estuviera abierta y, es por esto, que un muchacho, aprendiendo a montar en bicicleta, cogió la cuesta abajo de la plaza y, franca la puerta, pasó con el velocípedo del primer cuerpo de casa al quinto, sin permiso y sin que nadie se lo impidiera, hasta estrellarse en el brocal del pozo enclavado en el corral. -“Parece que ha pasado un muchacho en bicicleta”- dijo el Moñi, mientras se llevaba la cuchara a la boca.

Al entrar, a mano izquierda, había una sala grande con una mesa, sillas y un aparador. En las paredes, unos cuadros con la pátina del tiempo y cagados de moscas. A la diestra de la sala se abría una puerta con visillos que daba entrada a una habitación más profunda.

A la derecha estaba situada la sala chica. Imagino, porque no lo sé, que aquí, l’Antonia, tendría una camilla con brasero en el invierno donde haría ganchillo las tardes que su trabajo le dejase libre, entre los crujidos de sonoras carcomas.

Un largo zaguán empedrado desde la entrada hasta el corral, con los laterales de baldosas rojas repintadas y brillantes, daba entrada, más hacia dentro, al salón comedor donde comía la tribu de los Ramírez alrededor de una olla de regimiento. Una campana servía de escape a los humos que producía la candela donde bullían los garbanzos, a fuego lento, al lento borbollón de un puchero de arcilla vidriada, con las huellas dactilares del alfarero estampada en los bordes, apoyado en los rescoldos. Un día, estando comiendo la tribu, unas gallinas picoteaban por la sala las migajas que caían. Entró un perro por la puerta, como Pedro por su casa, y las asustadizas gallinas, visto al intruso, se alborotaron - no hace falta mucho para que estos necios plumíferos se asusten- digo, que se alborotaron y dieron de estampida en vuelo corto, dando una de ellas, de pechuga, en la fuente de la comida. ¡Vaya estropicio “gallinovolatinero” que se armó!

En el zaguán, unas cantareras de mampostería con dos cántaras de barro rojo, rezumantes de agua fresca por sus poros, y un vasar en la parte superior que servía de apoyo a algunos vasos y platos. En un cuarto oscuro, tinajas de vino y agua.

Era una casa, larga y ancha, de cinco cuerpos, con techos de alfargías y ladrillos pintados de rojo. En el tercer cuerpo, una escalera por donde se subía a un doblado, que en tiempos de lluvia - en casa del herrero cuchillo de palo- era una pura gotera. Fernando, con ese humor que siempre le ha caracterizado, subía al tejado con el paraguas, mientras que el Moñi le indicaba golpeando con el palo de una escoba, desde el doblado, dónde chorreaba el agua, que caía a borbotones en el cubo que ya había puesto l’Antonia.

En la cuarta estancia, una cocina pequeña con una pajera para servir prontamente paja a las caballerías, y a continuación, las cuadras, caballerizas y el corral. Aquí había un retrete por donde pasaba el albañal; debía ser tan ancho, que un día se cayó un cochino y tuvieron que ir a buscarlo al Pozo Nuevo. El retrete, parece ser, era un enclave animalesco, pues allí, además, anidaba una gansa que realizaba sus pertinentes posturas. Vive y verás.

A l’Antonia no le venía de nuevo su oficio de posadera. Ya su abuela Inés había regentado una posada a principios del siglo XIX, mientras su abuelo Juan, sentado fuera en un sillón, con un látigo, ahuyentaba los perros que se acercaban al olor de la olla podrida.

Recuerdo, que de niño, la posada era el lugar donde pernoctaban los arrieros, merchantes, diteros, aceiteros, sogueros, que recrean en mi memoria una bella, vieja y perdida estampa que no volveré a ver. Los que venían con bestias, era frecuente verlos dormir, durante el verano, a la puerta, sobre jergones y aparejos, al tiempo que los animales descansaban y comían dentro.

Nació l’Antonia en Granja en 1898, en el tiempo de aquella grandiosa generación de indeleble influencia literaria, y murió en 1969 en goce de Dios. Era una mujer arriscada, con una leve sonrisa en el rostro que hacía que te acercaras y te recibiera con cariño. Peinaba un moño entrecanoso de estilo praxitiliano, que dejaba la cara,de un color moreno natural, al descubierto y despejada. Un alma caritativa que nunca supo decir que no a las exigencias vecinales, a los menesterosos, que acuciados por el hambre, se acercaban por la “posá”; a los enfermos sin cuidados familiares no era difícil verla llevar un caldito para reponerlo en la medida que fuera posible. Mujer de misa de alba al segundo toque y asidua a la misa de la Adoración Nocturna donde encendía el incensario con los rescoldos de la candela. En pos de la luz, la vida lo va llenando todo como en una resurrección activada por el sol; antes que el cántico de los gallos y el son de las campanas y las carraspeadas toses de los hombres, lo que se percibía, lo que denunciaba la existencia de la posada, era una ventana iluminada por una bombilla de quince bujías y una sombra que se proyectaba sobre la pared. L’Antonia comenzaba su trajín y así continuaría hasta bien entrada la noche.

Veintidós partos no todos logrados. En uno de ellos dio a luz dos niñas siamesas unidas por el vientre. Un caso por el que toda la Europa médica se interesó. Una era rubia y la otra morena; una, tenía los pulmones, la otra, el corazón; una, riñones, la otra el hígado; la una defecaba, la otra orinaba. Un caso de difícil solución médica en el que el desconocimiento de la época impuso un final poco feliz.

El día que entraron las Fuerzas de Queipo de Llano en la Granja, l’Antonia también estaba de parto. Parió un niño que ya, de nacimiento, venía con una pulmonía doble. El Parte Militar del día dejó constancia del hecho y de la ayuda necesaria en medicinas para su curación.

Por entonces, sesenta años atrás o más, había un rapsoda, un coplero, un poeta popular, Manolito el de la Cecilia, que tenía ciertas artes para satirizar los asuntos puntuales del pueblo. Mirad ésta que refleja la hambruna que se pasaba en aquel tiempo y cómo un determinado día, hartándose de patatas guisadas y huevos, que dudo que fueran fritos, compuso:

“Como el hambre me devora, me puse ayer como nuevo. ¡Qué buenísimas las patatas, qué riquísimos los huevos!”

O ésta dedicada a Ramón Cano, el Zorrito, estando jugando a las cartas en el casino de Luciano:

“Te fuiste a la Granjuela por librarte de la aviación. Por el hambre que pasaste te compadezco, Ramón.”

Manolito era por entonces una especie de amanuense o gestor que, entre otras cosas, se dedicaba a rellenar papeles, instancias, etc., a la gente. Dada la incultura de entonces, cualquiera que supiera leer y escribir estaba capacitado para ello. La coplilla que a continuación detallo le costó caro. Algún dime y diréte tuvo que tener con el comandante de puesto de la Guardia Civil para componer ésta:

Del comandante de puesto estoy muy agradecido. Esa persona tan buena no tenía que haber nacido.

Dada la represión de la época, dio con sus huesos en la cárcel. Allí estaba l’Antonia para llevarle un poco de comida y no se acordara de las patatas, de los huevos y de la madre que parió al comandante de puesto. Aún la recuerdo, ya mayor, con su moño, su vestido negro, mangas remangadas hasta los codos, sonrisa abierta, a la puerta de la Posá,darle yo las buenas tardes y contestarme con un “adiós, niño”. Su recuerdo tiene para mí el tono de una estampa sepia, desvaída, como si hubiera salvado siglos desde entonces. Un pasado que hace nostálgico el tiempo ido, desacreditado por los actuales aconteceres, y al que quisiera volver, aunque la distancia y el desvaimiento le den la atrayente realidad de los sueños.

En lo alto de la iglesia, en uno de los ángulos que coronan la picota, hay un nido de cigüeñas. Los reverberos del mediodía elevan al cielo un brindis crepitante de luz y crotoraciones de las zancudas, pero noto la ausencia, plaza abajo, de la Posá de l’Antonia.

Antonio Fenández Bozano


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